La noche más larga
Imposible olvidar esa noche. El frío parecía cubrirlo todo, el aire y mi interior. De a poco la salita de espera fue quedando vacía, sólo un par de perros callejeros me hacían compañía, durmiendo debajo de los bancos de madera.
A mitad de la noche, cuando ya no quedaba más nadie, una enfermera me preguntó si quería ver a mi marido, susurrando, ya que no podía "legalmente" entrar a la sala de terapia intermedia.
Gracias a esa mujer que jamás supe su nombre, pude entrar y estar al lado de mi esposo un buen rato. Pude decirle todo lo que antes no había podido, con la esperanza que aún en su inconsciencia, mi mensaje llegara a su corazón. Ya lo habían operado, y una venda enorme le cubria su cabeza por completo. Respiraba con ayuda mecánica y sólo se escuchaba el sonido de la máquina que lo asistía. Allí dentro hacía mucho frío también, y sin embargo los enfermos estaban cubiertos solamente por una sábana... como si ya los trataran sin esperanza alguna.
En un momento me pareció que no debía comprometer a la enfermera con mi presencia állí, y dándole las gracias, volví a la sala de espera.
Aún recordaba vívidamente el día que me había despedido de mi madre en el hospital, apretándole su mano... y la angustia de no haber podido estar acompañándola en sus últimos momentos. Por lo tanto, sentía que debía estar allí al lado de mi esposo, aunque estuviera a unos metros de su cama. No podía abandonarlo en un momento tan difícil.
Un rato más tarde, ya cuando amaneció, empezó a llegar más gente, preguntando por sus familiares. Ya había cambiado el turno y nuevos médicos y enfermeras tomaron la posta.
Ví que había fichas en una pared con los datos de los internados, y me acerqué para ver si estaba lo de mi marido y un t.e para que me contactaran. Pensaba ir a suplantar a mi suegro para que él pudiera venir a ver a su hijo. Pregunté por mi marido, y nadie sabía decirme qué pasaba... hasta
que un médico del nuevo turno, me pidió que pasara a un cuartito. Eran las 8.30 hs de la mañana... y sin anestesia, me comunicó que mi marido había muerto un par de horas antes. Sin más explicaciones, dio media vuelta y me dejó sola.
El pecho se me cerró, no podía imaginar ni comprender lo que estaba sucediendo. Incluso en esa situación no entendia porqué, si solamente estaba yo en la salita, nadie me pudo avisar en el momento que había pasado. Otra vez le había fallado a un ser tan querido. Otra vez no habia podido hacer nada.
Luego de un rato de quedarme sola ahi dentro, agarré mis cosas y su ropa, y me fui al locutorio del hall de entrada. Apenas tenia unas monedas en mis bolsillos, que me alcanzaron para hacer un par de llamadas. Le avisé a mi suegro, y luego hablé con mi hermana de Junín... pidiéndole por favor que se ocupara de avisar al resto de mi familia. No me di cuenta de que lloraba a los gritos, y le decía que el médico que lo había operado, no había tenido los huevos para avisarme de su muerte. Sencillamente se había ido.
Al salir de la cabina, me encontré con una cara conocida. Era una mujer que iba conmigo al mismo gimnasio, y que casualmente trabajaba en el Hospital San Martín de Anestesista. No podía creer que la mujer que había escuchado llorar y gritar era yo. Me dijo que no me preocupara, queiba a buscar al Dr. Guerra y le iba a pedir que me diera las explicaciones del caso, que sabía donde encontrarlo.
Volvi a la salita y me desplomé sobre uno de los bancos de espera. Al rato apareció la mujer acompañada del médico... quien me dijo que mi marido había fallecido. Punto. Se fue.
Luego, el infierno... la gente que empezaba a llegar, alguien me llevó a casa a buscar papeles, trámites, a buscar a algún conocido para que nos entregaran el cuerpo... mi hija que no entendia nada, toda la gente que fue apareciendo, familiares, amigos, compañeros del ministerio que se fueron pasando la voz.
Una amiga me acompañó a verlo en la morgue. Alguien dijo... mejor que lo veas antes de que le hgan la autopsia. Me partió el alma ver su cuerpo, en un depósito, como una cosa más. Verlo fue ver sus ilusiones acabadas, todos sus sueños desaparecidos. Hubiera querido haber podido hacer algo más, abrazarlo, darme mi calor.
Luego una noche interminable. Amigos que desfilaban y me abrazaban. Otra vez el frío... al dia siguiente, la despedida. El día era brillante pero a la vez, oscuro. Una de mis hermanas me acompañó de vuelta a casa junto a mi hija. Aún estaban en la mesa los platos y los cubiertos que había usado antes de salir.
A la noche, todos se fueron y me quedé sola cn mi hija. Y tuve que enfrentar lo más duro, su pregunta - Y papi? dónde está?... cómo explicarle a una nena de 4 años lo que había pasado. Que un hijo de puta le gustaba correr con el auto, y quitarle la vida a alguien y el padre a ella.
Creo que a partir de entonces, una parte de mí se secó, de alguna manera. Puse piloto automático. Me ocupé de todo lo que se esperaba de mí.
Traté de entender lo inentendible. Di vueltas y vueltas chocando siempre con la misma pared. Me enfrenté con la in-justicia. Y cargué todo en una mochila que llevo desde entonces... algunos días se hace más pesada, otros no tanto. Trato de llenarla con buenos recuerdos, con risas y nostalgia de lo que pudo ser.
La vida me fue dando oportunidades de escucharme un poco a mí misma nuevamente, y sin embargo no tuve mucha suerte.
Muchas veces vuelvo a recurrir al piloto automático... y sin embargo otras, intento buscar la manera de activar el control y buscar un camino que me lleve a un poco de felicidad.
A mitad de la noche, cuando ya no quedaba más nadie, una enfermera me preguntó si quería ver a mi marido, susurrando, ya que no podía "legalmente" entrar a la sala de terapia intermedia.
Gracias a esa mujer que jamás supe su nombre, pude entrar y estar al lado de mi esposo un buen rato. Pude decirle todo lo que antes no había podido, con la esperanza que aún en su inconsciencia, mi mensaje llegara a su corazón. Ya lo habían operado, y una venda enorme le cubria su cabeza por completo. Respiraba con ayuda mecánica y sólo se escuchaba el sonido de la máquina que lo asistía. Allí dentro hacía mucho frío también, y sin embargo los enfermos estaban cubiertos solamente por una sábana... como si ya los trataran sin esperanza alguna.
En un momento me pareció que no debía comprometer a la enfermera con mi presencia állí, y dándole las gracias, volví a la sala de espera.
Aún recordaba vívidamente el día que me había despedido de mi madre en el hospital, apretándole su mano... y la angustia de no haber podido estar acompañándola en sus últimos momentos. Por lo tanto, sentía que debía estar allí al lado de mi esposo, aunque estuviera a unos metros de su cama. No podía abandonarlo en un momento tan difícil.
Un rato más tarde, ya cuando amaneció, empezó a llegar más gente, preguntando por sus familiares. Ya había cambiado el turno y nuevos médicos y enfermeras tomaron la posta.
Ví que había fichas en una pared con los datos de los internados, y me acerqué para ver si estaba lo de mi marido y un t.e para que me contactaran. Pensaba ir a suplantar a mi suegro para que él pudiera venir a ver a su hijo. Pregunté por mi marido, y nadie sabía decirme qué pasaba... hasta
que un médico del nuevo turno, me pidió que pasara a un cuartito. Eran las 8.30 hs de la mañana... y sin anestesia, me comunicó que mi marido había muerto un par de horas antes. Sin más explicaciones, dio media vuelta y me dejó sola.
El pecho se me cerró, no podía imaginar ni comprender lo que estaba sucediendo. Incluso en esa situación no entendia porqué, si solamente estaba yo en la salita, nadie me pudo avisar en el momento que había pasado. Otra vez le había fallado a un ser tan querido. Otra vez no habia podido hacer nada.
Luego de un rato de quedarme sola ahi dentro, agarré mis cosas y su ropa, y me fui al locutorio del hall de entrada. Apenas tenia unas monedas en mis bolsillos, que me alcanzaron para hacer un par de llamadas. Le avisé a mi suegro, y luego hablé con mi hermana de Junín... pidiéndole por favor que se ocupara de avisar al resto de mi familia. No me di cuenta de que lloraba a los gritos, y le decía que el médico que lo había operado, no había tenido los huevos para avisarme de su muerte. Sencillamente se había ido.
Al salir de la cabina, me encontré con una cara conocida. Era una mujer que iba conmigo al mismo gimnasio, y que casualmente trabajaba en el Hospital San Martín de Anestesista. No podía creer que la mujer que había escuchado llorar y gritar era yo. Me dijo que no me preocupara, queiba a buscar al Dr. Guerra y le iba a pedir que me diera las explicaciones del caso, que sabía donde encontrarlo.
Volvi a la salita y me desplomé sobre uno de los bancos de espera. Al rato apareció la mujer acompañada del médico... quien me dijo que mi marido había fallecido. Punto. Se fue.
Luego, el infierno... la gente que empezaba a llegar, alguien me llevó a casa a buscar papeles, trámites, a buscar a algún conocido para que nos entregaran el cuerpo... mi hija que no entendia nada, toda la gente que fue apareciendo, familiares, amigos, compañeros del ministerio que se fueron pasando la voz.
Una amiga me acompañó a verlo en la morgue. Alguien dijo... mejor que lo veas antes de que le hgan la autopsia. Me partió el alma ver su cuerpo, en un depósito, como una cosa más. Verlo fue ver sus ilusiones acabadas, todos sus sueños desaparecidos. Hubiera querido haber podido hacer algo más, abrazarlo, darme mi calor.
Luego una noche interminable. Amigos que desfilaban y me abrazaban. Otra vez el frío... al dia siguiente, la despedida. El día era brillante pero a la vez, oscuro. Una de mis hermanas me acompañó de vuelta a casa junto a mi hija. Aún estaban en la mesa los platos y los cubiertos que había usado antes de salir.
A la noche, todos se fueron y me quedé sola cn mi hija. Y tuve que enfrentar lo más duro, su pregunta - Y papi? dónde está?... cómo explicarle a una nena de 4 años lo que había pasado. Que un hijo de puta le gustaba correr con el auto, y quitarle la vida a alguien y el padre a ella.
Creo que a partir de entonces, una parte de mí se secó, de alguna manera. Puse piloto automático. Me ocupé de todo lo que se esperaba de mí.
Traté de entender lo inentendible. Di vueltas y vueltas chocando siempre con la misma pared. Me enfrenté con la in-justicia. Y cargué todo en una mochila que llevo desde entonces... algunos días se hace más pesada, otros no tanto. Trato de llenarla con buenos recuerdos, con risas y nostalgia de lo que pudo ser.
La vida me fue dando oportunidades de escucharme un poco a mí misma nuevamente, y sin embargo no tuve mucha suerte.
Muchas veces vuelvo a recurrir al piloto automático... y sin embargo otras, intento buscar la manera de activar el control y buscar un camino que me lleve a un poco de felicidad.
