martes, enero 24, 2006

La punta del ovillo


Terminó de dibujar aquel plano, lo miró... -está bien, creo- pensó. Sintió cierta satisfacción por haber concluído el trabajo, por haber podido dar forma a las ideas que fueron surgiendo en su mente. Virginia era bastante perfeccionista y le gustaba que las cosas quedaran 10 puntos. En todo... Tal vez sería por eso que no encontraba las respuestas a la insatisfacción que la embargaba a veces.
Se despidió de sus compañeros de oficina y antes de salir, Mercedes la llamó...
-Vir, no te olvides que hoy festejo mi cumple en casa. Te espero... vas a venir con la nena?
- Si, seguro... a qué hora te parece bien?
- A la hora de cenar, vamos a juntarnos mi flia y unos amigos.
_ Listo! acordó Virginia.
Eran ya las cuatro de la tarde y pasó a buscar a su marido por la oficina del primer piso. Su horario terminaba antes, pero lo esperaba para irse junto a él a casa.
Cuando pasó por su trabajo, él ya había ido a buscar a Julia, su hija, al jardín de enfrente. Estaba sentada en la falda de su padre, dibujando un monigote con unas lapiceras prestadas. Se reía, feliz... se los veía muy bien juntos. Virginia no pudo evitar hacer un paralelo con la relación con su propio padre: no había sido mala, pero nunca pudo tener ese contacto, ni ese sentirse tan compinches. Rick tenía ese don con los chicos, y Virginia se alegraba por su hija. -Al menos ella sí lo podrá disfrutar, -pensó.
Volviendo a casa en el coche, sin embargo, las cosas no se sentían tan en son de rosas... le contó a Rick que la habían invitado a un cumpleaños, y que pensaba ir con la nena. Como las relaciones entre ellos no estaban pasando por un buen momento, necesitaba poder disfrutar de un momento sin él, sin que la atosigara con comentarios mordaces. Y él imaginaba confabulaciones, engaños, quien sabe. Virginia entendía alguna de las razones que él tenía para sentirse mal: su relación siempre problemática con su padre, la inestabilidad en el trabajo... tal vez porque lo entendía, tal vez porque necesitaba sentirse acompañada, tal vez porque no tenía idea de cómo era estar bien, tal vez... muchos tal veces que hacían que se quedara inmóvil cuando las cosas se ponían feas, hasta cuando la agredía verbalmente. Era su vida y no había vuelta atrás, imposibilitada de realizar algún cuestionamiento. A veces, como cuando lo veía junto a Julia, se enternecía y olvidaba el resto. Pero tarde o temprano, volvía esa negra angustia que le cerraba el pecho.
Al llegar a casa, la conversación se diluyó, y siguió con su rutina. Pero al pasar las horas, llegó el momento de irse al cumpleaños de su amiga.
-te llevo, le dijo él.
Bien... y así emprendieron el viaje. Era un largo camino, su amiga vivía en una ciudad vecina.
Y en ese camino, apenas empezaron el viaje, también lo hicieron los reclamos. Qué porqué no podía ir él, que le estaba escondiendo algo, qué te pensás que sos... palabras fuertes, miradas terribles. Virginia iba sentada en el asiento del acompañante, dura, la cara con gesto crispado, sosteniendo a su hija de 4 años sentada en su regazo. Nunca había querido que ella presenciara aquellas discusiones, pero ésta se había ido de las manos.
Las palabras se pusieron más fuertes, y él, enfurecido, le tomó un brazo, torciéndole la mano, mientras con la otra seguía conduciendo el auto, a locas. Julia lloraba, no entendía nada, y Virginia decidió que no podía seguir en aquel auto, que debía bajarse fuera como fuera. Forcejearon, y de alguna manera pudo escabullirse, en cierto momento que aminoró la marcha. Salió corriendo, con su hija en brazos, y sintiendo los gritos de él que la perseguían. Era de noche, y la calle parecía desierta. se refugió en una entrada de una casa, y se acurrucó en el piso protejiendo a su hija con su cuerpo, esperando lo peor.
Se armó tal revuelo, que de algçun sitio aparecieron otros autos, y en uno de ellos, policías que pusieron un poco de calma y distancia entre ellos. Lo convencieron de irse, y temblando, vio como se alejaba a gran velocidad en su auto.
Los canas la llevaron hasta unas cuadras de su casa, y le dijeron que no podian dejarla más cerca porque no era su jurisdicción. No lo entendíó, pero de todas formas en ese momento no importaba. Corrió las cuadras que faltaban para llegar hasta su casa, y temblando, entró unos momentos para volver a salir. No podía quedarse ahí, él podía volver y también aquel infierno.
La socorrió un vecino que le permitió llamar a una amiga por teléfono... ya tenía al menos donde pasar la noche.