Siete llaves

Dicen que hay llaves que abren puertas. Otras abren corazones, o mentes... y otras las cierran.
Cuando uno nace, no necesita de llaves, es como una casa abierta que ni siquiera tiene puertas. Nacemos puros, inocentes, ingenuos... y de a poco vamos construyendo paredes, puertas, y les colocamos cerrojos y candados. A veces abrimos una ventana, espiamos por la cerradura. Otras veces nos animamos, y abrimos la puerta, con valor y con la esperanza de que el afuera no nos dañará, sino al contrario, nos llenará de esa alegría que buscamos desde chicos.
Muchas veces siento que tengo el corazón bajo siete llaves. Muy pocas veces abro los candados: con algunas pocas personas especiales, con los niños, con los animales. Pero para el resto, hice girar esas llaves para el lado que cierran toda oportunidad.
Una falsa sensación de seguridad me cobija. Seguridad... se transforma en el no sentir, en el prevenirse de experimentar cualquier sensación o sentimiento que pueda abrigar el más mínimo dolor.
Hay días en que me animo a abrirte una de esas llaves... pero rápidamente todo cambia, y la llave se cierra oscura, opresiva y censora. Y en esa frialdad sigo soñando... en poder liberarme un día de todas esas ataduras, y de encontrar la forma de escapar, de olvidar ese encierro.

