Reserva de placer

Quisiera poder envasar un poco de todo esto que me rodea, sellarlo al vacío en pequeñas dosis y llevármelo conmigo en el equipaje. Un poco de sonido de las olas al llegar a la playa, un poco de brisa, otro poco de olor a mar. El sentirme arrullada por ese sonido eterno... el sol que se derrama sobre mi piel sin importarle nada. El agua y la sal, donde una sensación extraña me transporta a un pasado milenario. Sentir que mi cuerpo se funde con el mar, se abandona y se hace uno con el devenir de las olas.
Hoy me desperté como siempre, muy temprano... ni siquiera en vacaciones puedo dormir más. Pero si lo hiciera, seguramente me perdería la magia de las horas tempranas. Ver cómo el sol lucha y al final, vencedor, se asoma entre unas nubes y derrama sus pinceladas plateadas sobre un rincón de ese mar azul. Escuchar las canciones en la radio, e inevitablemente recordar a mi madre, cuando al despertarme la encontraba ya tomándose unos matecitos en la cocina, escuchando su radio preferida. Pensar que en mi adolescencia encontraba eso muy extraño, y ahora disfruto de estos momentos, del re-encuentro con mí misma.
Quisiera llevarme esta paz, cargar las baterías, que duren todo el 2006. Mirando un poco para atrás, creo que fue un muy año. Año de despegue tal vez, de cambios, de afirmaciones, de apuestas, de esfuerzo. El balance es positivo, hasta puedo ver algo rescatable de las malas elecciones. Creo, definitivamente, que es mejor haber andado, a pesar de los tropiezos, que haberme resignado a la inmovilidad.
Me propongo firmemente, no abandonar nunca estos momentos de paz... a pesar de no tener ya el mar al alcance de la mirada. Puedo encontrarla en el sol, donde quiera que esté. También en la pasión de una lluvia fresca.
