Cargando baterías

La semana pasada, sucedió algo que, francamente, no esperaba. Será que la rutina y los días grises atentan contra la esperanza y las ganas de divertirse? Tal vez...
Pero lo bueno de esta historia, es que, contra todo pronóstico, algo casi mágico sucedió.
El día había sido gris, y en la tarde fría de invierno, una tenaz llovizna atentaba contra todo proyecto de salida. Era el 20 de julio, día del amigo. Y hablando de amigas... mis dos mejores amigas no podían estar: una porque no quería salir, por el frío, y la otra tenía un programa diferente que sinceramente, no me seducía. Pero otra amiga, a quien también aprecio mucho pero no veo tan seguido, me había dicho de salir a la noche, a cenar junto a sus propias amistades, y festejar todas juntas. Ese día a la tarde, la llamé a su casa, pero no contestaba nadie. Y bueno, pensé. Ya fue. Bajé los brazos, vencida, entregándome resignada a otra noche de rutina. Pero... más tarde, recibí su llamada. Tenía su número de t.e equivocado! Dale, salgamos, no aflojes, no te pinches. Ponéte un parche y salí!- me dijo. Creo que me tomó sólo un minuto decidirme. Y unahora para prepararme, mientras esperaba que los padres de las amigas de mi hija las viniesen a buscar. Me dí una ducha, me arreglé el pelo, y me puse mis botas de cuero y el pantalón rojo que adoro. Y mi amiga me pasó a buscar...
El lugar elegido era una pizzería-bar, donde el ambiente resultó ser muy agradable. El sitio era una casa reciclada, con pocos detalles pero muy cálida. Se respiraba buena onda, se percibía que la gente lo estaba pasando bien, reencontrándose con viejos amigos.
En nuestra mesa llegamos a ser seis mujeres... algunas divertidas al extremo, otras más serias, otras casi místicas... Una empezó a leernos el I-Ching a todas, y a cada una, lo cual empezamos a escuchar seriamente y terminamos riéndonos a carcajadas, hasta el límite de llorar de la risa.
Como a las doce de la noche, un flaco empezó a tocar y a cantar canciones de León Gieco. Uhhhh qué épocas!!! Hasta temas de VoxDei, Almendra, alguno que otro de Bob Dylan... de a poco, el clima se empezó a poner tan bueno que todos terminamos cantando con nuestras pobres voces, y yo asombrándome de que las letras de esas canciones ya olvidadas brotaran de mi memoria.
Y entre canción y canción, siguió la charla, y las risas se multiplicaban.
Sentí, de golpe, que me había quitado 25 años de preocupaciones, volviendo a sentir la alegría fresca de mi adolescencia. Me di cuenta que es posible decidir darnos otra oportunidad, y estar abiertos a ella. Que aún de tantos bajones que la vida invariablemente nos da, aún cuando las primeras arrugas hacen su entrada en escena, todavía podemos encontrar esa juventud y esas ganas perdidas, justo ahí... en nuestro interior.
Gala.


